
Cuatro lágrimas de amor
(Por Enrique Julio Sánchez, desde Estados Unidos) copiado del diario El Telegrafo 07/06/2009
El mediodía ya era
pasado. El auto transitaba por Madison, una coqueta ciudad del condado
de Morris, tratando de entregar algunos diarios a clientes que no habían
recibido sus ejemplares en la madrugada. El estómago iniciaba su diaria
revolución, demandando un intervalo en algún restaurante de comida
rápida.
Fue entonces cuando sonó el teléfono, impertinente como siempre. Es que,
antes de responder, hay que asegurarse que no hay algún patrullero en
las cercanías, pues la multa por usarlo mientras se conduce es de por lo
menos 100 dólares.
Tras asegurarme que no había ningún uniformado cerca, contesté. La voz
conocida y amiga de Horacio Gauthier respondió con una gentil invitación
para ver el partido mundialista entre la celeste y Brasil.
Después de Madison East Hanover, luego Morristown, después Morris Plains
y finalmente en casa, en Randolph. Una rápida ducha y de nuevo en ruta,
esta vez hacia Budd Lake, a la casa de Horacio, mi primer hogar cuando
me trasladé al norte de New Jersey, en aquella primavera en que la
soledad me envolvió en el centro de Vineland.
Gonzalo y Alejandro Gauthier ya estaban cómodamente sentados en la sala,
“apoyados” en sendas Corona. Horacio, en cambio, prefería un Grants.
Casualmente, vaya uno a saber como, mi mano derecha pronto balanceaba un
vaso con idéntica bebida.
Y a concentrarse en la pantalla de 52 pulgadas, con la conocida imagen
del Centenario y la querida celeste jugando otro partido para ganar un
pedazo más de gloria. Los minutos, como siempre, fueron pasando. Una a
una, cuatro puñaladas. Cuatro goles contrarios que hirieron mucho más
que el arco uruguayo: la propia esencia nacional, el orgullo charrúa,
las ansias de volver a estar otra vez en un Mundial, tuteándose con los
grandes, como en aquellos años ya tan lejanos del Negro Jefe y los suyos.
La sala se convirtió en la América, en una tribuna más del Centenario.
Los gestos, los gritos, los “Vamos arriba Uruguay” de Alejandro; los
“¿pero por qué no saca a ese arquero que es suplente en el Villareal?”
de Horacio; los chistes con contenido sexual de Gonzalo; y uno mismo, en
medio de todo, tratando de tener alguna línea de raciocinio. O un
pretendido raciocinio.
La celeste, ganando o perdiendo, tiene una gran virtud: une a los tres
millones que viven en su territorio y al otro medio millón y monedas que
vivimos fuera, en el exilio, buscando nuestro otro camino, por las rutas
de este loco y lindo planeta, que aun tiene espacio para la pasión, para
el sueño de alcanzar la gloria mimando la de cuero.
Los inmigrantes, en tanto, nos unimos en el mismo sueño de triunfar, no
ya en un estadio de fútbol sino en la vida. En la de aquel, la suya, la
mía. Cada cual transita el día a día con las preocupaciones de este,
pero buscando su buen destino, tratando de encontrar ese espacio para
hacerle el gran gol a la vida.
Desde Uruguay, cientos de miles hemos preferido volver a empezar en
cualquier confín del mundo. Por ejemplo, Estados Unidos. Desde Uruguay y
desde tantas partes más desposeídas de este loco y lindo, pero a la vez
demasiado injusto planeta. No es nada nuevo, la historia humana en buena
parte se ha escrito a partir de la inmigración. Y el crecimiento del ser
humano, también, se ha sustentado en el intercambio entre los que están
y los que llegan, los residentes y los inmigrantes.
Aquí, en este pedacito de cielo, entre los que yo conozco, los Gauthier,
entre ellos la mimada de la familia, Mariana, que trabaja en McDonalds.
También Eduardo Marcovich, que no solamente volvió a impulsar su trabajo
como florista sino que además ha podido construir una hermosa casa en
Atlántida sin conocer personalmente ni a la arquitecta ni a los
albañiles. Y tantísimos otros. Solo por nombrar algunos, Luis Borromeo,
compañero de tantas noches en Pizzería El Metro y hoy trabajando en
Applebees, una notoria cadena de restaurantes, con exquisitos cortes de
carne. Y otros más. Eduardo Lamaison, propietario de Pizzería Montevideo
en Elizabeth, jugador de fútbol como buen uruguayo; los salteños “Toco”
y Daniel Mazzarino, un gran “9” y un notable Lugano en la Liga de
Hackettstown; Freddy Guigou, un uruguayo que hace camino al andar en un
camión de esos “grandototes”, en la Liga de Elizabeth; y Andrés Da
Silva, montevideano del carnavelero barrio de La Teja, hoy gerente
–manager como se dice aquí-- de un Hip Hop, uno de esos restaurantes en
que uno puede saborear los mejores panqueques “del mundo” y otro buen
jugador de fútbol, de “Los Charrúas”, donde destaca como lateral
izquierdo siempre con hambre de gol, también en Hackettstown.
Y sí, yo mismo, periodista que he terminado repartiendo diarios porque
no queda otra, porque así es la historia diaria de cada inmigrante:
hacer lo que se puede hacer y no otra cosa. Mientras, obvio, sigo
buscando un empleo mejor. Que vaya uno a saber si llegará.
Los que se vinieron. Personas que no somos de aquí, pero esencialmente
-y tristemente- debemos pelear nuestro espacio allá en nuestra patria,
porque nos vinimos. Y además, los que vienen de visita y luego retornan
al allá. Como Cacho Guisholi, el recordado guarda de Agencia Central que
estuvo por aquí visitando a Jessica, su hija, que reside en Harrison,
New Jersey, donde comercializa seguros médicos. O Miriam Gauthier, tía
de Horacio, enfermera jubilada del hospital y otros tantos que han
venido desde tan lejos a esta parte del planeta. Ellos, sabiéndolo o no,
traen consigo nostalgias y recuerdos, pero esencialmente nuevos bríos
para seguir en la brecha.
Porque la historia es color esperanza, aunque ciertamente no
verde-amarelho, especialmente hoy. Tenemos el corazón pintado de color
esperanza, porque es mejor perderse que nunca embarcar, porque es mejor
soportar el dolor tratando de alcanzar la cima que nunca mirar el cielo,
porque en realidad siempre sabemos que se puede, que sí se puede. Hoy,
mañana, siempre. Aquí en este allá que nos es extraño pero que lo
estamos haciendo nuestro.
Y allá, en aquel espacio chiquito del mundo que sí es nuestro, pero que
de tan nuestro no tiene un espacio realmente nuestro. Hay que pintarse
la cara. Como en carnaval. Color esperanza. Sabiendo que se puede. Solo
hay que intentarlo. Como tantos otros lo han hecho. Desde los albores de
la civilización. Hasta hoy y más allá